El Donald

José Enrique Velasco

Ad-Ephesios

El DonaldLa creación de las expectativas y de los escándalos mediáticos parece ser la materia prima con la que está construyendo su imperio político el candidato a presidente Donald Trump.

Algunos comentaristas políticos ya se preguntan “y ahora, con qué va a salir”. Una y otra y otra, cada vez que abre la boca en público es para denostar a sus contrincantes de partido, para criticar las medidas o leyes promulgadas por el gobierno de Obama o para hablar mal de los vecinos, que en este caso somos nosotros.

Así, poco a poco va edificando el respeto de una enorme porción del electorado y de esa prensa que lo prefiere, al mismo tiempo que desdeña a los demás candidatos que no dejan de ser aburridos, convencionales, predecibles hasta el hartazgo y el bostezo.

Trump entendió rápido que mientras más cáusticos son sus comentarios, más se adelanta  en las encuestas. Él es un hombre de medios, sabe para qué sirven, los usa para crear los efectos deseados en las masas. Lo está haciendo, lo está logrando. Está eclipsando a sus rivales.

Tradicionalmente, los candidatos republicanos potencian sus campañas durante el mes de julio en el que salen a la pasarela a debatir, a mostrar plataformas de gobierno que van desde los impuestos, los programas de beneficio social, el trabajo y la educación, hasta los planes de guerra en otras tierras para defender su democracia y su modo americano de vivir.

La idea es que el electorado tenga la posibilidad de escucharlos, normar su juicio, escoger, reflexionar y votar por cualquiera de ellos. A este ‘momentum’ le llaman las ‘primarias’. Pero ningún otro candidato ha podido acaparar la atención del pueblo ni de los medios, todos están sumidos en una zona gris, en una medianía provocada hábilmente por la boca de Donald Trump.

Una serie de políticos –casi todos desconocidos- se han metido a la carrera por la nominación a la candidatura del partido republicano sin entender muy bien que están luchando en contra del muchacho americano rico y guapo. Entran a la competencia y de inmediato aparecen ensombrecidos o desdibujados por la personalidad y los millones de El Donald.

Su rutilante aspecto de playboy opaca a muchos, sus millones intimidan a otros y a los que él considera más peligrosos, los trata de héroes de pacotilla e idiotas como al senador por Arizona, John McCain quien utiliza para su campaña política el hecho de haber estado encarcelado en Vietnam cuando fue soldado en aquella guerra.

Un incidente dibuja al estratega de cuerpo entero: Una vez que atrajo la atención mundial cuando habló mal de los mexicanos hace dos semanas, diciendo que eran violadores y vendedores de drogas, el senador republicano por Carolina del Sur, Lindsey Graham, quien es su rival para la presidencia, lo atacó verbalmente e invitó a otros republicanos a que hicieran lo mismo.

Días después, El Donald llegó a este Estado y en mitad de su discurso político, sacó una tarjeta con el número privado del celular del senador McCain y gritó a los cuatro vientos: “tengan, aquí está el número de su senador, háblenle a ese idiota”. Está de más decir que le llovieron las llamadas y que tuvo que cancelar ese número.

El director de la campaña de Mc Cain respondió lo que todos dicen: “este hombre es un enfermo para ser el comandante en jefe”. McCain, más ligero tuiteó: “parece que voy a tener un nuevo celular: ¿iPhone o Android?”

Sin embargo, miles de seguidores alaban al rubio millonario y lo interceptan para contarle sus dolores por haber sido víctimas de inmigrantes ilegales llegados del sur: la madre que perdió al hijo asesinado por la pandilla centroamericana, el joven que quedó en silla de ruedas por un ataque de ilegales mexicanos, la señora que fue violada por su jardinero guatemalteco y la retahíla sigue esperando turno.

Este jueves, El Donald, el rubio millonario llegó a Laredo, Texas, a dar un discurso. Policías haciendo vallas de seguridad, camiones atiborrados de rambos y robocops. A trote tendido bajó de su avión privado –un jet Boeing 757- usando una gorra blanca con el letrero “Hagamos grande a América, otra vez”.

A pesar de que la ciudad de Laredo es de las más seguras de Texas, una y otra vez dijo que él corría un gran peligro de estar ahí pero lo tenía que hacer por el gran amor que sentía por su país. La palabra ‘peligro’ la pronunció varias veces como si se tratara de un campo de guerra y envalentonado gritó que iría hasta el centro de la ciudad.

El 96% de los 250 mil habitantes de Laredo son de origen latinoamericano y hablan el español en casa y aunque la mayoría no lo quieren ahí, se despidió diciendo: “Fui tratado muy amablemente”.

Ya lo veremos en Cleveland, en dos semanas, debatiendo con los otros republicanos que, grises y opacados, lo tendrán como tiro al blanco. Y eso, es lo que El Donald quiere.

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